Oct
18
2009
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Suicidio

Hay que despertar mucho la confianza en Dios en esas personas que sufren estas tentaciones de suicidio, ayudarles a valorar el don de la vida, el sentido del sufrimiento.

La vida es un don tan grande y tan lleno de posibilidades que todos la aprecian como un gran tesoro. La misma naturaleza ha dotado al hombre de un fuerte instinto para no perderla: el instinto de conservación.

I. Definición

Es la destrucción de la propia vida, directamente procurada, ya sea por medio de una acción o a través de una omisión voluntaria.

II.Un poco de historia y estadísticas

En Grecia y en Roma el suicidio era en realidad ejecución por propia mano de una pena de muerte decretada ya por la autoridad, ya fuera ésta justa o infusta.En algunas culturas, por ejemplo la japonea, el suicidio se entendía como el único medio digno del hombre para superar una situación en la que su honor había quedad o herido. En la época del Romanticismo, siglo XIX, se hizo célebre el suicidio por razones de amor no correspondido o imposible.

En general, en épocas pasadas la mayoría de los suicidios estaban motivados, más que por un odio a la vida o deseo de la muerte, por un impulso de encontrar una solución rápida a un problema ético que no había sido enfocado de una manera justa.

Estadísticamente está comprobado que el número de suicidios ha aumentado de forma espectacular en el siglo XX y de modo especial en la segunda mitad. Existe también una cierta correlación entre sociedades industrializadas y alto número de suicidios en las ciudades -y más en las grandes ciudades- que en los ambientes rurales.

Calculando sobre la población mundial, se dan aproximadamente diez suicidios por cada 100.000 habitantes (es decir, el 0.1 por 1.000). Según una tendencia estadística comprobada en los últimos años, en Europa la mayor frecuencia de suicidios se da en Hungría, Austria, Checoslovaquia, Alemania Occidental, Finlandia, Dinamarca y Suecia, con una oscilación desde 34 por cada 100.000 habitantes a 23. En España, como media, el índice supera un poco el 5 por cada 100.000 habitantes.

Otras comprobaciones estadísticas:

La mujer se suicida menos que el hombre; el índice de suicidios femeninos no llega a la mitad de los masculinos.

El mayor número de suicidios se da entre personas ancianas o acercándose a la ancianidad (entre sesenta y sesenta y nueve años en general).

En algunas sociedades de las que se tienen datos concretos -por ejemplo en los Estados Unidos- se aprecia un crecimiento en el número de suicidios de jóvenes. Así se pasa -para las personas comprendidas entre los quince y veinticuatro años- de un índice de 6.5 por 100.000 en 1900 a un índice de 19 en 1971.

III. Causas del suicidio

No es cierto, hablando en general, que el suicidio depende del tipo de régimen político. Se dan indistintamente en países con régimen comunista y en los países democráticos.Está comprobado que más de la mitad de los suicidios siguen o son la culminación de un estado de depresión psíquica. Habría que dilucidar las causas de esa depresión: vivimos en un ambiente cultural difundido, en donde la sociedad no ofrece normas, ideales u objetivos dignos de trabajar por ellos. En pocas palabras, los suicidios aumentarían en aquellas sociedades en las que falta un claro sentido de la vida.

En aquellas sociedades en las que los hombres tienen un profundo sentido de la religiosidad están mucho menos expuestas al suicidio. Pero donde hay un ambiente materialista de la vida es más propicio para el aumento de los suicidios: al difundirse como ideal humano el hombre que triunfa siempre, el que tiene suficientes medios económicos y puede dar cumplimiento también a las diversas apetencias sexuales, la frustración en estos campos -sea en el período juvenil o en la ancianidad- puede hacer nacer la idea de que se está de sobra.

En cambio, cuando la vida no se limita a simples horizontes materiales, es decir, cuando existe un proyecto ético de vida en el que entran realidades espirituales, la persona encuentra siempre el sentido de su existencia. La razón principal de este hecho consiste en que el materialismo está estrechamente relacionado con el egoísmo: se quiere tener, poseer para la propia y exclusiva satisfacción. En el caso de los bienes espirituales se da otra lógica: así, la amistad, la solidaridad, la cooperación no pueden basarse en el egoísmo; hacen que la persona salga fuera, y precisamente para dar a los demás lo mejor de sí misma. Este sentido de donación se conecta, en sus raíces más profundas, con el don de la vida, cuyo autor es Dios. De este modo, una existencia auténticamente religiosa (no rutinaria, no exterior, nacida de la convicción) encuentra siempre el sentido de la vida, su inmenso valor. Por eso, está comprobado que el suicidio se da en personas que no tienen un profundo sentido espiritual de la existencia.

IV. Juicio ético

La ley moral natural, esa que tenemos impresa en nuestra conciencia y en nuestro corazón y puesta por Dios desde que nacemos, descubre por sí sola la ilicitud del suicidio. El único dueño de la vida es Dios, que la da a cada hombre para que pueda conocerle y darle culto, sirviendo así a todos los demás hombres, ya que la persona es social por naturaleza. Ninguna vida humana es inútil o poco importante. Por tanto, con el suicidio se atenta contra un derecho divino.

El suicidio se opone de forma clara al instinto de conservación, es decir, a un legítimo amor propio que está en la naturaleza humana y que le mueve a permanecer en el ser, para su bien y para el bien de los demás. Hasta tal punto es esto que la mayoría de los suicidios son achacables a condiciones patológicas, aunque, también en muchos casos, originados por una previa ausencia de sensibilidad moral, de interés real y positivo por el trabajo y por los demás hombres.

El suicidio de personas que tienen familia (padres, marido o mujer, hijos) es también un acto de injusticia respecto a esos parientes.

La responsabilidad por el aumento de los suicidios -sin quitar la personal que exista en cada caso- está en cierto modo repartida entre los que componen la sociedad. En efecto, todas las opiniones y prácticas que llevan implícitas una falta de respeto a la vida (aborto, eutanasia) crean un ambiente social en el que es más fácil el suicidio. Lo mismo puede decirse de las opiniones vertidas en la prensa, el cine, la literatura, etc. , que presentan el suicidio como “una salidad digna” y “más humana” que el trabajo de afrontar con entereza las indudables dificultades de la vida.

Con el suicidio se pone en juego la condenación eterna del alma, aunque no se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte, pues Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida (Catecismo de la Iglesia católica 2280 a 2283).

Si se comete con intención de servir de ejemplo, especialmente a los jóvenes, el suicidio adquiere además la gravedad del escándalo. La cooperación voluntaria al suicidio es contraria a la ley moral.

Trastornos psíquicos graves, angustias, o el temor grave de la preuba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida.

Hay que despertar mucho la confianza en Dios en esas personas que sufren estas tentaciones de suicidio, ayudarles a valorar el don de la vida, el sentido del sufrimiento, y estar muy cerca de estas personas con el aliento y la oración.

Extraído de Catholic.Net

Written by admin in: Para reflexionar |
Oct
18
2009
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¿NO SERÁ QUE EN LA IGLESIA NO HAY AUTORIDAD?

Desde la afirmación de quedar atado/desatado en el cielo lo que en la tierra la Iglesia decreta/deroga, es evidente que un mismo proceder pueda urgir bajo pena de pecado mortal y condenación eterna en un determinado tiempo y en otro no, según tenga establecido la Iglesia en cada momento. Como no guardar ayuno desde las 12 horas de la noche anterior a la comunión, no tener iluminado el sagrario con lamparilla de aceite de oliva, comer carne los miércoles de cuaresma que siguen al de ceniza, celebrar misa en lengua vernácula o por la tarde, no oírla y trabajar el jueves de la Ascensión o el del Corpus, ordenar de diáconos a casados, disponer la cremación del propio cadáver, etc., etc. Habiendo sido desatado todo esto por la Iglesia en vida de muchos de nosotros, no se puede admitir, desde tal presupuesto, que ahora se peque y se merezca el infierno por no atenerse a nada de ello.

A partir de esa misma afirmación es igualmente obvio que un mismo comportamiento sea pecado mortal, o no, a tenor de lo atado por la Iglesia para el lugar en que se tenga la residencia (como no oír misa el día de la fiesta patronal del lugar, si se está en él); o para el rito al que se pertenezca, ya al latino, ya a los orientales católicos (como ordenar de sacerdotes a casados).

Si todo ello resulta obvio a partir de dicha convalidación divina, no lo es menos que obliga a negar que sea infranqueable el abismo que separa el infierno del cielo (como le dijo Abrahán al abrasado Epulón), al menos para los condenados por violar leyes eclesiásticas, luego desatadas. Porque la derogación de la ley, al suprimir el motivo de condena, arrastra el fin de la pena impuesta por violarla. De ahí que en España, al despenalizarse el adulterio en 1978, se excarcelara de inmediato a las mujeres condenadas a prisión por haberlo cometido. Y esto es lo que debe decirse que sucederá en el más allá, al presuponerse asumida en el cielo, como las demás, la disposición eclesiástica del c. 1313,2 del Código de Derecho Canónico: «Si una ley posterior abroga otra anterior, o al menos suprime su pena, ésta cesa de inmediato».

¿Con qué nos quedamos entonces?: ¿con que el infierno no siempre es eterno y se nos engañó desde siempre?; ¿con que Dios es infiel a su palabra y no asume las desataduras eclesiásticas?; ¿con que el infierno sólo es eterno para los violadores de su Ley y para los insumisos a leyes eclesiásticas fallecidos antes de ser éstas desatadas?; ¿con que Dios es menos benigno y civilizado que el hombre, en vez de Amor y perfección suma?; ¿con que Él mismo menosprecia tanto su amor al mundo hasta la entrega de su Unigénito a la cruz por la salvación de todos, que prefiere la condenación eterna impuesta antes de la derogación de su causa?; ¿con que es injusto y cruel al mantenerla, pese a carecer ya de motivo, tras haberlo abrogado la Iglesia? ¿O nos quedamos simplemente con que es falso que quede atado/desatado en el cielo lo que la Iglesia decreta/deroga en la tierra? Ésta es la única posibilidad que ni encierra la contradicción de afirmar y negar a la vez la eternidad del infierno, ni es manifiestamente herética y blasfema.

Que la Iglesia carezca de autoridad para sancionar con pena eterna leyes que, vigentes hoy, puedan mañana ser desatadas (como por definición son todas las suyas derogables y dispensables) es conclusión exigida por la propia obviedad de este planteamiento. Tanta, como la de que dos y dos son cuatro, o la de la respuesta del ciego de nacimiento a los razonamientos de los fariseos sobre la condición pecadora de Jesús: «Lo único que sé es que yo antes estaba ciego y ahora veo».

Tal obviedad no puede resultar afectada por uno de los varios sentidos que se han dado al giro arameo atar/desatar en la tierra/en el cielo. Menos aún, cuando entre ellos figura el diametralmente opuesto: lo que autoricéis/prohibáis en la tierra será lo ya autorizado/prohibido en el cielo. Este significado, por lo demás, es el único que casa con la afirmación de Jesús de decirnos como lo oyó, lo que su Padre le mandó decir, sabedor de ser vida eterna su mandamiento (Jn 12,49-50); el único que casa con su mandato a los apóstoles: «Haced discípulos de todas las gentes […] enseñándoles a guardar todo lo que yo os mandé», y con la súplica «hágase (llegue a ser, establézcase, implántese, etc.) tu voluntad, tal como en el cielo así en la tierra ». La angostura de estas líneas no me permite detenerme en esto, ni en los argumentos, análogos a los de los fariseos al ciego de nacimiento, que se hacen a partir de la Escritura y de la Tradición, a favor de la repercusión eterna de los preceptos eclesiásticos urgidos bajo pena de pecado. Quien tenga interés puede verlo en mi libro Parábola del Pecado Original, aunque en realidad todo ello sobra ante la obviedad del propio planteamiento aquí presentado que, en honor a la verdad, sólo revoca los muros del que me hizo un abogado tras leer ese libro mío.

Supuesto inaceptable como digo, salvo con herejía y blasfemia, que las leyes eclesiásticas abolibles y dispensables, puedan condicionar la salvación eterna, o tener repercusión alguna en el siglo venidero, deberían ser rechazados de cuajo (Col 2,20). No sólo por su esterilidad salvífica; sino, además, por no subyugar ni cargar de opresión y cadenas al hombre llamado a la libertad (Gal 5,13). Aunque su contenido sí pueda ser asumido libremente, como modo mutable y perfectivo, personal o incluso comunitario, de expresar, plasmar o condimentar humanamente la fe; sin embargo, sería deseable una cautela máxima, a fin de de no deslizarse sin sentir hacia la perversión de llegar a tenerlo por exigencia de salvación o de mejora de la misma. De este modo, para lo más que vale es para creerse mejor que los demás al abrigo de la ley de la jactancia, la abolida por la de la fe en Jesús (Rom 3,27-28); para juzgase merecedor de la invitación del Rey al banquete de bodas de su Hijo (Mt 22,3), cuando sólo se es siervo de nacimiento, sin más capacidad propia que la de hacer lo que se tiene que hacer (Lc 17,10); y para convertir la fe en secularismo. El que consiste en dar valor de eternidad, no a la palabra de Dios, que permanece para siempre (1Pe 1,25), ni al amor, que es imperecedero (1Cor 13,8); sino a leyes, prácticas y usos de este siglo que, sean optativos o de lo más necesario e imprescindible en la vida del hombre aquí, se evacuarán todos en la muerte, como se evacua en el retrete todo lo que entra por la boca del hombre (Mt 15,17). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

JOSÉ MARÍA RIVAS CONDE
JOMARI { arroba } telefonica.net

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